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Saltar… Saltos de fe

partenón

 

 

“Nadie es tan viejo como los que han sobrevivido al entusiasmo”

– Henry David Thoreau –

Hace algo más de un año escribía sobre la necesidad de vencer el miedo. Hoy, en Grecia, después de deambular por la carretera en moto con el único propósito de disfrutar de la sensación de libertad, sin obligaciones, me he encontrado algo que me ha hecho recordarlo.

Lugar: Península de Perachora, un poco más allá del lago Vouliagmenis que es lo más recomendado de la zona. El lago tiene aires de grandeza, a pesar de no ser mucho más que un bonita charca, tiene una playa que han bautizado Ipanema y donde hay música a todo trapo y gente jugando al Volley. Suficiente para atraer algunas chicas guapas y generar movimiento. Otra cosa que les hace hinchar el pecho, me dice la Wikipedia que aquí se rodó “Los 300 espartanos” en 1962. Sin embargo yo me refiero a la zona del faro que marca el fin de la península, 4 km pasado el lago.

Descripción: Una cala de agua turquesa con forma de media luna, rodeada de acantilados y respaldada por las ruinas de un templo a la diosa Hera a la que nadie parece prestar mucha atención.

Objeto de análisis: Unos chavales, el mayor no debía poder beber cerveza y el pequeño no había hecho la primera comunión. 7 años diría, pero soy malísimo calculando edades.

salto 1

Pues resulta que entre los acantilados que rodean la cala hay varios recodos que dan a un mar lo suficientemente profundo como para saltar. Cuando me asomé a la cala por primera vez vi a unos 5 chicos arremolinados en un saliente. Unos 10m de salto frente a ellos. Se les veía indecisos, pasaban de sentados a levantados tan solo para volverse a sentar. Me quedé mirando cómo repetían este ejercicio una y otra vez. Yo, que no tenía otra cosa mejor que hacer, les observaba y les iba clasificando de forma totalmente arbitraria por una mezcla de sus físico y su cactitud: Primero el gordo , no puede haber un grupo de verano sin su Piraña o su Gordi. Después el pequeño, era la mitad que el resto de ellos y parecía un salto totalmente desproporcionado para su edad. Terminé poniendo mote a un tercero pero me costó más dar con él.

En estas estaban los chavales, decidiendo quién sería el primero, cómo lo haría, de qué manera y con qué pose iba a responder en los periódicos sobre el hito que acababa de alcanzar. Se levantaban, colocándose en posición para 5 segundos más tarde recular de nuevo. Cada uno tenía su rutina y yo no hacía más que pensar: “Ahora sí, esta es la vez del gordo. Se le ve confiado” o ” vamos pequeño, demuéstrales que eres más grande que ellos”.  En estas estaban cuando aparecieron 2 chicas en escena. Más o menos rondaban la edad de los chicos mayores, entre 13 y 16 si me tuviese que jugar algo. Rubias, delgadas y sobretodo mucho menos indecisas que ellos. Llegaron a la zona del salto, los chicos estaban sentados, se hicieron hueco entre ellos  y saltaron. Una detrás de otra, en 20 segundos estaban las 2 en el agua y un revuelo incendiaba el grupo de chicos. He de decir que les aplaudieron la iniciativa y eso reavivó los ánimos.

salto 2

Las chicas nos llevan siglos de ventaja. Ellan habían llegado y habían vencido: Vini, vidi, vinci. Mientras los chicos seguían en la parte del vidi, dando una y otra vuelta. La aparición de las chicas tuvo otro efecto: La aparición de los gallitos del grupo, probablemente también los mayores. Estaban en la playa viendo como sus amigos deshojaban la margarita del salto pero ahora era diferente, tenían que demostrar su hombría, impresionar a las chicas. Así que subieron, bromearon con sus amigos y saltaron. Tras ellos saltaron 2 de los chicos del principio y quedaron solo los 3 con mote: Gordo, Pequeño y Culomanchado. Éste tercero era característico en su forma de aproximarse al salto. Sentado, una vez le echaba valor iba culeando hasta la zona de salto, se levantaba y tras pensarlo volvía a sentarse y culeaba hacia atrás hacia un lugar seguro. No podía verlo desde la distancia, pero ese bañador iba a necesitar Ariel.

Los chicos saltaban y volvían a subir. Las chicas miraban. Los chicos bromeaban y pasaban cerca de las chicas.  Las chicas miraban. Los chicos saltaban de dos en 2 en 2 y gritaban. Las chicas miraban. Cuando digo que nos llevan siglos de ventaja lo digo desde un análisis profundo y muchos años de experiencia. Llevo toda la vida haciendo el gallito para impresionar a las chicas y he tenido el éxito de un pepino de mar en un concurso de velocidad. Al final ellos no hablaron con ellas y por supuesto ellas no les dirigieron una palabra y se fueron.  Ellas se llevaban su dignidad y el orgullo de haberlo hecho sin dudar. Ellos se quedaban con un saco de hormonas, la adrenalina de la competición y el vacío de la derrota. Siempre me he preguntado si en estas ocasiones las chicas también se quedan con el gusanillo de, “¿Qué habría pasado si le hubiese dicho algo?” o es solo nosotros cuando tras verlas marchar, con el corazón encogido, nos decimos: “Joder, la próxima vez tengo que hacer un mortal para que se fije en mí”. ¡Habla con ella carajo y menos mortales y menos gilipolleces!

A todo esto, los 3 protagonistas de nuestra historia tenían su odisea particular. se levantaban y se volvían a sentar como la piedra de Sísifo rodaba cuesta abajo tras estar a punto de alcanzar la cumbre. Gordo saltó, lo hizo antes de que se fueran las chicas y dejó a pequeño y culomanchado como los únicos secos en loalto. Gordo incluso repitió varias veces sin que su ejemplo animara a Pequeño y culomanchado a emular su hazaña.

Consideré que la media hora que llevaba observando la escena era suficiente y subí a ver el faro y las vistas. Luego bajé a la cala y mientras bajaba ví como pequeño y culomanchado seguían en su sitio. Les perdí de vista y cuando llegaba a la playa vi cómo pequeño subía.  Venía empapado, ¡Tenía que haber saltado!. Tenía pintada en la cara la determinación de quién tiene que demostrar algo. Más tarde pensé que quería demostrarse algo a sí mismo. Quería hacer ver que podía estar con los mayores, que no iba desentonar y no atreverse a saltar le provocaba una profunda duda. Esa tardé admiré a pequeño por encima de todos, incluso por encima de las chicas. Creo que los saltos son para nosotros mismos antes que para nadie más. Probablemente el resto de chicos no estuviesen saltando o ya habían saltado.

Culomanchado no saltó.

Al final cada salto es un salto de fe, fe en tu preparación, en tu intuición, fe en la física o en la religión. En la fe que te haya apetecido creer, pero es un salto de fé.  A veces pienso que la gente en general, cuando crece, pierde la capacidad de saltar. Y saltar nos mantiene vivos.

Las chicas y los niños nos llevan siglos de ventaja.

Abrazo

Rafael Hythloday

P.d: La crítica, aunque feroz, nos da un reflefo de nuestro lugar en el mundo. Vuestros comentarios siempre serán bienvenidos

2 comentarios en “Saltar… Saltos de fe

  1. ¡¡qué decir de este post!! me encanta, me emociona, me transmite tanto. ¿quién no se ha sentido identificado con algún chiquillo de estos?
    Buenísimo.

  2. Me alegro de que te guste Begoña 😉

    Disfruté escribiendo

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